PRI, el cristal con que se mire

Carlos Camacho

La derrota del primero de julio hizo pensar a muchos priistas de México e Hidalgo en la inevitable desaparición del Partido Revolucionario Institucional (PRI), como ocurrió en el 2000, pero ahora con más argumentos en contra, pues al hartazgo social se sumó el insoportable desprestigio de sus dirigentes y prominentes priistas en el poder, que se convirtieron en ejemplo de corrupción e impunidad.

Con esas cartas era complicado pensar en un buen resultado y en mantener el poder del Ejecutivo federal, así como la mayoría en el Congreso de la Unión, en las nueve gubernaturas en juego y otros 3 mil cargos que se eligieron a nivel local.

Hoy, en Hidalgo, hay quienes acusan al propio gobernador Omar Fayad Meneses de hacer poco o nada para lograr un resultado decoroso y comparan los 500 mil votos que obtuvo como candidato a gobernador con los alrededor de 300 mil que lograron sus candidatos en la contienda del primero de julio. Una senaduría de rebote, ninguna de las siete diputaciones federales y sólo una diputación local, de 10 en juego.

Esos, dicen sus críticos, han sido argumentos suficientes para pensar que Fayad Meneses pareciera querer apresurar la alternancia en el Poder Ejecutivo, algo que no ha ocurrido nunca en la historia de nuestro estado.

Pero del otro lado hay quienes piensan que a la luz de esos resultados es posible ganar las elecciones de alcaldes, diputados y, por supuesto, la de gobernador en el 2022.

Dicen esos optimistas que el primero de julio pasado, con un escenario totalmente adverso para el PRI, se logró mantener el 17 por ciento del voto duro, el 90 por ciento del voto del PES se fue a Morena, como ocurrió con el 70 por ciento del PRD.  20 por ciento de los indecisos igual y, de los nuevos votos, apenas 350 por municipio fueron para Morena.

El fenómeno de la ola lopezobradorista no se volverá a repetir, dicen esos optimistas, por tanto para ellos “el PRI no está muerto”. ¿Será?