Cada quien sus asuntos

Amira Corrales

En los tiempos de nuestras bisabuelas y tatarabuelas, las mujeres no podían votar ni ser votadas, ni acudir a la universidad, las parejas no podían divorciarse, o volverse a casar a menos que alguien quedara en viudez. También en ese periodo de tiempo los panteones se llamaban camposantos y eran regidos por la Iglesia Católica, la misma que decidía a quién enterrar ahí y a quién no -un ejemplo eran los suicidas que no podían enterrarse en un camposanto-. La educación universitaria no la otorgaba el Estado sino la Iglesia Católica a través de sus órdenes religiosas. Por supuesto toda esta estructura eclesiástica es y ha sido conformada por varones, nunca por mujeres, y sus razones para esto son discriminatorias. Después, como sabrá usted, llega a la Presidencia de la República un hombre indígena y sabio, el licenciado Benito Juárez, quien fue uno de los primeros en hacer política poco popular: quitarle a la Iglesia el control de la vida del pueblo y comenzar a gobernar en un Estado laico. Esto por supuesto no les gustó, ni a la Iglesia ni a los conservadores, quienes “invitan” a Maximiliano de Habsburgo a hacerle la competencia a don Benito y bueno, el desenlace usted lo conoce. Pero a partir de las famosas Leyes de Reforma, la vida de México cambió: hoy tenemos una educación laica, ofrecida por el Estado de forma gratuita y obligatoria; la creación del matrimonio civil, que ayuda a generar compromisos y cuando no se cumplen, se puede demandar el divorcio; la creación del registro civil, en donde se solicitan las actas de nacimiento y defunción para enterrar a nuestros difuntos en panteones civiles. Las mujeres votamos y formamos parte de la estructura de gobierno, no como debiera, pero no somos invisibles, como lo somos para las Iglesias. Si hemos avanzado tanto dejando los asuntos religiosos en su respectivo lugar y los del Estado en otro, ¿por qué seguimos permitiendo que la Iglesia influya en el código penal para primero penalizar el aborto y luego no despenalizarlo? Dejarlo a un asunto de conciencia, no a un asunto de delincuencia.