Manual de la feminista II

Amira Corrales

Desde la pasada entrega, hacíamos un resumen de lo que a mi consideración, debía hacer alguien que se está construyendo en el feminismo. Hoy hablaremos de la maternidad, ser madre o no serlo es una decisión de la mujer, aunque el patriarcado nos haya enseñado que todos opinan -e incluso deciden o fuerzan- respecto al cuerpo de las mujeres: dependiendo de cómo viste, que cómo vive su sexualidad, lo que decide ser o estudiar, y sobre todo si será madre o no, tendrá como consecuencia la clasificación en la escala santa-puta. Pongo un ejemplo, digamos que una madre que ha sido “luchona” (es decir que se sacrifica por sus hijas e hijos, al grado de no ver por ella misma), que ha sufrido mucho, por la pobreza, el marido, o el padre y se ganará pronto la compasión de la familia y sólo de esa manera obtendrá reconocimiento, por lo que este patrón será un modelo a seguir. El problema es que se sacrifica la felicidad de una persona femenina, a cambio de que otras personas continúen con sus privilegios. Dejará de ser fiestera, de salir con las amigas y amigos, guardará sus gustos y talentos para quedarse en casa a cuidar y limpiar, dejará de ser una mujer sexuada, la que sólo complacerá a su marido si lo tiene, y si lo tuvo, a no complacer a nadie, ni a sí misma; esperará a que los demás se acuerden de ella, le reconozcan su trabajo, su comida, su bordado, su tejido… y será feliz dando amor a sus hijos e hijas que, en la adultez se acordarán de ella, sólo en esta fecha. Para las feministas, este modelo de feminidad, esta aspiración mártir, no opera. Creemos que las mujeres deben ser fuertes e independientes, pero no sólo de fuerza física o independencia económica, sino fortaleza de espíritu e independencia emocional; debemos dejar de vivir de la felicidad o infelicidad de nuestros seres queridos; debemos impedir el maltrato a nuestra dignidad e integridad. Pero, fundamentalmente, si otra mujer ha decidido este modelo de feminidad-maternidad, respetar y no criticar.