Manual de la Feminista VII

Amira Corrales

Nuestra primera clase de educación sexual debería ser: cuál es el nombre de nuestros genitales. La mayoría de las familias tradicionales, no se atreven a decir los nombres de las partes de nuestro cuerpo de manera correcta, porque lo consideran inapropiado. Justamente es la educación sexual la que nos permite considerar qué es apropiado culturalmente y qué es un hecho biológico, natural y funcional como humanos, como parte del reino animal al que pertenecemos. Por lo que llegamos a la conclusión de que nuestro cuerpo es un hecho biológico y que el pudor innecesario no nos ayuda a comprender lo funcional o disfuncional. Dicho de otra manera: si no conocemos nuestro cuerpo cuando funciona de forma saludable, no vamos a poder reconocer cuando tiene una enfermedad. Hablando principalmente de genitales, es importante conocerlos. Como mujeres, nuestra responsabilidad es mayor, ya que por lo regular, nos niegan esta información, creyendo que nos vuelven “más decentes” al no saberla. Nada más alejado de la realidad. Las personas más felices son aquellas que se desenvuelven en la libertad de sus cuerpos y de sus mentes, no en las prisiones de sus ideologías, según lo decreta la Psicología. Por tanto, el genital femenino se llama vulva. La vagina es un órgano interno, por lo tanto difícil de identificar para una niña. En la entrega pasada, hablábamos de la vulva y sus componentes. Hoy, brevemente hablaremos del ano. Una parte tabú de nuestra estructura, como si su nombre fuera prohibido. El ano está separado de la vagina por una fina pared, y es “un formidable anillo muscular cuya función consiste en retener las heces hasta que estemos preparadas para expulsarlas” (Brochmannn y Stokken, 2017). De hecho, tenemos dos esfínteres en serie por si uno falla. El interno está controlado por el sistema nervioso autónomo –el que no controlamos a voluntad-. Cuando se registra que el recto empieza a llenarse de excremento, envía señales al esfínter interno para relajarse. Entonces entra el esfínter externo (que está enseguida del ano), el cual aprendemos a controlar desde pequeñas, para desahogarlo cuando tengamos la intimidad necesaria.

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