Muerte

David Edmundo López García

 Definir la muerte como  la “extinción del proceso homeostático en un ser vivo”, queda corta si la aplicamos a la complejidad del ser humano. La postura más tradicional indica que el ser humano está formado de al menos dos diferentes esferas: la material y la inmaterial. Independientemente de la religión o ideología, es razonable que exista una fuerza que anima la parte física de los seres. Según Tomás de Aquino, la parte  material obedece leyes de espacio y tiempo. La parte que no es material va más allá del espacio y del tiempo. Es entonces que la mente, pensamiento, razón, imaginación e idea se manifiestan como esa parte sublime. La muerte no es un estado, es un proceso, porque aún después del cese de funciones fisiológicas, los restos continúan transformando sus partes. En términos alquímicos es el solve et coagula, una antigua máxima que significa que algo debe ser primero descompuesto o destruido para poder componer o construir algo nuevo. Dentro de la tradición esotérica el principio hermético de correspondencia “como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba.” nos dice en términos generales que los fenómenos generales se repiten en escales inferiores y viceversa. Siendo así, existe la posibilidad que también la parte etérea del ser sufra una transmutación. La complejidad de este postulado se debe a que no hay pruebas científicas que avalen esta posible trasmigración del alma, sin embargo, existen experimentos como los de los doctores Stuart Hameroff y Sir Roger Penrose quienes trabajan desde 1996 en una teoría cuántica de la conciencia donde alma está contenida en una estructura de microtúbulos en las células cerebrales. El estudio concluye que el alma no muere, sino que vuelve al universo. El estudio de la muerte es aún tabú en la sociedad moderna. Su estudio y conocimiento harán más transcendentes nuestras vidas antes de llegar a conocer si en realidad nuestra alma es inmortal. (Agradezco a Lyzandro Francisco Herrera Hernández para elaborar esta columna).