Gracias por todo, Luis

Gabriel Pérez

 

Gabriel PerezSoy de esa generación que vio a lo lejos la represión a estudiantes de 1968. La vimos casi como una leyenda. Bueno, era una leyenda. Nos construyeron una leyenda.

Era como leer “El señor de los anillos”, de JRR Tölkien o la “Fundación”, de Isaac Asimov.

Algo que no ocurrió, pero pudo ocurrir o podría haber ocurrido. O quizás ocurra en el futuro.

El acercamiento, el primer acercamiento a esa leyenda, se nos dio como se dan todas las leyendas -desde el Rey Arturo hasta la Revolución cubana-: por vía oral, primero y por alguna fuente literaria medianamente creíble, después. Mi familia paterna cumplió la primera de esas funciones y “La noche de Tlatelolco”, de Elena Poniatowska, la segunda.

Así fue como conocimos aquello a lo que nuestros padres consideraban izquierda y que era (y es) ese aparato político de acceso al poder de sus élites en forma de partido, movimiento, guerrillas, lo que sea. El daño ya estaba hecho.

Al mismo tiempo que un enorme afiche del subcomandante insurgente Marcos adornaba las recámaras de la chamacada noventera, todos asistíamos a fiestas, toquines, conciertos, elecciones organizadas por ciudadanos y marchas.

Los adolescentes y jóvenes de los 90 fuimos los máximos beneficiarios de los caídos en Tlatelolco.

Y así era todo: pura felicidad hasta que, ya en los dosmiles, sufrimos la desviación democrática de eso que algunos insisten en llamar izquierda, de la mano de todos esos viejos decrépitos priistas encabezados por Andrés Manuel López Obrador y su prensa protosoviética.

En ese contexto, descubrir a Luis González de Alba -ya tarde, cierto- fue lo más cercano a una iluminación: ni la izquierda era izquierda ni los muertos de Tlatelolco eran los de Oriana Falacci y ni siquiera la crónica oficial de “La Jornada” era de Poniatowska.

Descansa en paz, Luis. Gracias por todo.

 

Twitter: @gaboperez