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Gabriel Pérez

Gabriel PerezSan Diego, California, se encuentra a tan sólo 30 kilómetros de Tijuana. El contraste entre ambos destinos puede ser casi grotesco, para quien se detenga en una mirada superficial.

La autopista que lleva de Tijuana a San Diego está salpicada de restaurantes, centros comerciales, gasolineras y otros establecimientos.

Ya en la ciudad que ahora se despide con amargura de los Cargadores de la NFL, la limpieza, orden y belleza son abrumadores. Parece, como cualquier ciudad estadounidense, un set de televisión o películas. Es estúpida y sospechosamente hermosa.

Comparado con lo que, a primera vista, se percibe como caos, descuido, ruido y suciedad en Tijuana, San Diego es el paraíso. Resulta terrible pensar en lo difícil que debe ser vivir a 30 kilómetros del “Sueño Americano”.

Y hasta se entiende lo que tenían en mente quienes votaron por Donald Trump en un intento -ciertamente ridículo- por defender su estilo de vida de revista.

Porque un ejercicio crítico de observación exhibe, fácilmente, la terrible contradicción del American way of life.

Puentes, calles y zonas comerciales y gastronómicas están plagados de indigentes. Plagados no es una exageración. En un recorrido de no más de 20 cuadras por y hacia el centro de la ciudad se pueden observar, cuando menos, entre 40 y 50 personas en situación de calle, la mayoría afroamericanos, pero con un considerable número de blancos y jóvenes con miradas resentidas y esperanzas expulsadas de las vitrinas y asientos en los restaurantes.

En Tijuana, por supuesto, confluyen todos los problemas de América Latina: migración, pobreza, tráfico de drogas, hambre, abandono. Pero también las virtudes de nuestros pueblos: solidaridad, honestidad y optimismo.

Ahí, en la esquina de las contradicciones se percibe, ni duda cabe, el principio del fin, el derrumbe, el resquebrajamiento de los cimientos del “Sueño Americano”.

Yo, sin duda, me quedo con Tijuana.

 

Twitter: @gaboperez