Sororidad o rompimiento de creencias

Amira Corrales

Amira Corrales En un ejercicio, realmente difícil, donde se experimenta lo arraigado del machismo, no sólo en los varones, sino en cada una de nosotras,  reflexionamos acerca de la manera en cómo el patriarcado funciona en nuestra mente para hacernos enemigas de nuestras hermanas y de nosotras mismas, con afirmaciones de gran rigor crítico, que buscan juzgar la conducta de las mujeres por no seguir el rol establecido y permitido, y que nosotras, la mayoría inconscientemente, no logramos dilucidar como un asunto patriarcal. Lo es, ya que al sistema le interesa mantenernos divididas, prolongando lo que por décadas les ha funcionado: mantener control sobre nuestros cuerpos, mentes y actitudes, para su comodidad y beneficio, en perjuicio de nuestra libertad y dignidad. Pongo un ejemplo un tanto burdo: cuando llega una madre de familia a su casa, ¿se quita los tacones, se pone cómoda, toma el control de la tv y pide una cerveza? No. Pero si lo dejamos de hacer, ¿a quién perjudicamos? ¿a nosotras? ¿o a los varones que atendemos? Por lo tanto, ¿a quién le va a incomodar que yo cambie mi postura de servir a una de elegir libertad con mi tiempo? La respuesta es clara. Por eso, muchos blogs feministas se suman a las llamadas continuas de sororidad (la unión de mujeres entre ellas mismas) para apoyarnos y desestructurar creencias que nos perjudican, por eso:

Yo he llamado puta a las mujeres, y ya no lo hago.

Yo he criticado a mujeres por su forma de vestir, y ya no lo hago.

Yo he hablado mal de las mujeres que han tenido muchas parejas, y ya no lo hago.

Yo me he sentido como una mujer especial o superior a las demás, y ya no lo hago.

Yo he hablado mal de las amas de casa o de las feministas, y ya no lo hago.

Yo he juzgado a las mujeres que tienen relaciones tóxicas, y ya no lo hago

Yo he despreciado a las mujeres que deciden abortar o a las que han decidido tener a su bebé, y ya no lo hago.

Continuará…