Manual de la feminista XIV

Amira Corrales

 Una buena feminista se caracteriza porque es sororaria con sus compañeras de género. Este término, emanado de las teorías de género, significa la unión, solidaridad, empatía, comprensión que existe o debe existir entre las mujeres. Mientras el patriarcado se encargue a través de métodos culturales y educativos de separarnos por cuestiones superfluas como las enemistades surgidas por competiciones de belleza, atracción de hombres, entre otras tantas cosas, el feminismo intenta reforzar los sentimientos solidarios emanados de las desigualdades, sufrimientos, violencias, maltratos, roles forzados hasta asesinatos de mujeres y empatizando con las que los han padecido. De ahí que se escuche el lema: “lo que le haces a una se lo haces a todas”. Ese sentimiento de hermandad que se escucha por ejemplo en las marchas o manifestaciones feministas, es derivado precisamente de la sororidad. Mientras que el machismo refuerza el adagio maquiavélico y militar “divide y vencerás” –interpretándolo para separar a las mujeres con enemistades construidas desde su rol de “bonitas”- , la sororidad se convierte en el refugio de muchas que han estado luchando no sólo en un mundo de hombres, sino en un mundo donde las mismas compañeras de género se vuelven tus enemigas, porque así se los han enseñado durante generaciones tradicionalistas que han puesto la mirada únicamente en complacer al hombre y seguirlo llenando de privilegios, aunque nosotras mismas acabemos dañándonos. Por lo tanto, las mujeres que se acercan al feminismo descubren que no es una filosofía, movimiento o forma de vida para “hacerles la guerra a los hombres y acabar con ellos”, sino en cómo entre mujeres podemos tendernos la mano, aunque no nos conozcamos, sino como parte de un género que vive las mismas similitudes de discriminación, desigualdad y violencia y que si cada vez somos más las que nos sumamos a esta sororidad.