Renacer

Amira Corrales

En la actualidad, hemos comprendido que somos más vulnerables de lo que pensábamos. Durante años, bajo el manto de una falsa seguridad, habíamos ganado arrogancia y nos habíamos distanciado de la naturaleza, del planeta, de los seres vivos. La ideología dominante que cree que el hombre es el ser superior de todo ser viviente, ha tenido como resultado un daño un tanto irreversible al planeta y a sus criaturas, al aire, suelo, agua, árboles y animales. La ideología dominante enseña que el éxito, el poder y el dinero del humano están por encima de su medio ambiente. Hemos sabido de esta equivocación por años, sin embargo, poco habíamos podido revertirla. Mujeres y hombres desde hace más de tres décadas, han formado asociaciones en pro del medio ambiente (vea “Ecofeminismo”), el uso adecuado de los recursos no renovables, las energías alternas, el cuidado de los bosques y selvas, el bienestar de comunidades ancestrales que viven de la naturaleza vs transnacionales que pretenden agotar los recursos sin retribuir a cambio nada a la comunidad que las ha habitado por siglos. El cuidado de los ríos, de los mares y su flora y fauna, tan indispensable para la vida propia de la humanidad, que en muchos casos ha terminado con el odio hacia estos y estas protectoras de la tierra, y en algunos casos, con sus vidas. Porque los “valores” que esta cultura transmite, colocan a la vida humana y de los otros seres vivos, por debajo de los intereses capitalistas, ambiciosos y deleznables de las grandes corporaciones: minería, madera, extracción de petróleo, cazadores de ballenas, elefantes, rinocerontes, quema de bosques y selvas como zonas de plantío para satisfacer demandas absurdas como aceite de coco para usos comerciales o para el pastoreo, o la fabricación desmedida de autos de combustión interna que siguen teniendo como combustible el derivado de combustibles fósiles que contaminan la atmósfera. Sin embargo, llegó el día en que el mundo se paró. Pararon las fábricas y los autos, las escuelas y la vida en las calles. Y la vida renació; pero volveremos, y la pregunta obligada: ¿será igual?

 

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