LA VIOLENCIA EN CAUTIVERIO

Sexualizando

Amira Corrales

La violencia, en esta nueva etapa de la sociedad en cautiverio se ha recrudecido principalmente contra las mujeres, adolescentes y niñas. Pero, ¿por qué los gobiernos se empeñan tanto en negarlo o en minimizarlo?

Para tratar de explicarlo, comenzaré diciendo que el que la violencia doméstica en especial, sea considerada como un daño atroz al género femenino, es un paradigma reciente, de esta generación.

Por ejemplo, en los años setentas toda violencia que fuera ejercida dentro del hogar conyugal, se consideraba como un asunto privado, que debían resolver las partes, por lo tanto, no se judicializaba, no había leyes que protegieran a las mujeres porque no “se consideraban necesarias”.

Los arreglos podían llevarse a cabo entre mediadores, díganse familiares, sacerdotes, pastores, ¿por qué? Porque lamentablemente los roles y estereotipos de género nunca nos han ayudado, su cumplimiento es de gran exigencia para la mujer y en sociedades tradicionalistas, su sanción por comportarse diferente, ha sido muy estricta.

De tal manera, que la violencia ejercida del marido, pareja, novio o padre, hacia la mujer, se consideraba una forma de castigar un comportamiento que consideraban fuera del rol femenino.

De esto se desprende, el que todavía muchas mujeres crean que ellas son las culpables, por “haberse salido del rol”. Pero, gracias a los movimientos femeninos, las luchas sociales, el trabajo teórico, la educación formal de las mujeres, ese paradigma ha cambiado.

Hoy nos vemos como seres con igualdad de derechos y obligaciones, ambos sexos con ciudadanía, que merecemos respeto y vivir una vida libre de violencia. Y ahora la violencia doméstica es ilegal y somos libres.

Por eso, cuando los refugios de mujeres tanto públicos como privados, nos dicen que la violencia se ha disparado en este confinamiento, se sabe el por qué.

Hombres agresores, violentos, que antes salían a trabajar a ganar el sustento, ahora están encerrados, con sus parejas que habitualmente no están acostumbradas a verlos más que únicamente unos momentos al día.

Pero la culpa no es de ellas, sino de los agresores y de los gobiernos que no les creen, y si no les creen, no las protegen.