Karma

David López

Primera de dos partes.- El Karma es metafísicamente la ley de retribución, la sexta ley de causa y efecto que menciona el texto hermético del Kybalión donde “toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo a la ley; la suerte o azar no es más que el nombre que se le da a la ley no reconocida; hay muchos planos de causalidad, pero nada escapa a la Ley”. Karma es el poder que gobierna todas las cosas, la resultante de la acción moral, el efecto moral de un acto sometido para el logro de algo que satisfaga un deseo personal. El Karma no castiga ni recompensa; es simplemente la ley única, universal, que dirige infaliblemente, y por decirlo así, ciegamente, todas las demás leyes productoras de ciertos efectos a lo largo de los surcos de sus causaciones respectivas. La doctrina budista enseña que el Karma es aquel núcleo moral que sobrevive a la muerte y continúa en la transmigración (o reencarnación); ello quiere decir simplemente que después de cada personalidad muere, no quedan más que las causas que ésta ha producido; causas que son imperecederas; esto es, que no pueden ser eliminadas del universo hasta que sean reemplazadas por sus verdaderos efectos, y destruidas por ellos. De no ser así, seguirán al “ego reencarnado”, y le alcanzarán en su reencarnación subsiguiente hasta quedar del todo restablecida la armonía entre los efectos y las causas. El Karma no crea ni designa nada. El hombre es quien traza y crea las causas, y la ley kármica ajusta los efectos, y este ajustamiento no es un acto, sino la armonía universal que tiende siempre a recobrar su posición primitiva, como una rama de árbol, que si se dobla con violencia, rebota con la fuerza correspondiente. (Agradezco a Lyzandro Francisco Herrera Hernández la elaboración de esta columna).