La triste historia de la pertenencia corporal III

Amira Corrales

El pasado 14 de abril, la UNFPA (Fondo de Población de las Naciones Unidas), publicó su informe “Mi cuerpo me pertenece: Reclamar el derecho a la autonomía y la autodeterminación”, del cual se desprende con gran pesar, que 20 países o territorios contemplan en su ley la obligación de casarse con el violador, lo que significa que un hombre puede ahorrarse el proceso penal si contrae nupcias con la mujer a la que violó y ella, deberá convivir con su violador, sólo para salvar su “honor”; 43 países cuentan con laguna en la ley por lo que no se puede denunciar la violación sexual hecha por el cónyuge, es decir, que él es dueño del cuerpo de la esposa y aunque ella se niegue a tener relaciones, él puede violarla sin consecuencias; 30 países restringen el derecho de tránsito de las mujeres, restringiendo su desplazamiento fuera del hogar, es decir, que para salir de su casa, deben tener la autorización del esposo, padre o hermanos y sin ésta no podrá salir; lo que a mi parecer, es una de las restricciones a la libertad de movimiento más graves cometidas contra las mujeres. De acuerdo a este informe, sólo un poco más de la mitad de las mujeres en el planeta, están empoderadas respecto a su cuerpo y a las decisiones que toman de él, lo que representa mayor desarrollo tanto personal, como social y económico en los lugares donde viven, así como que para que este empoderamiento se dé, debe estar estrechamente relacionado con un nivel más alto de educación, lo que evidentemente no se tiene en países pobres, en desarrollo o con alto grado de machismo. Es por eso que el feminismo no se cansa de promover y apoyar la educación de las mujeres y las niñas, tanto en su formación básica (que sepan leer, escribir y hacer cuentas), como en su formación superior (que conozcan y analicen su contexto, lo hagan de forma consciente y quieran cambiarlo para mejorar). Por lo que sigo afirmando, nada que pueda mejorar tu vida, es peor que las bardas o monumentos pintados.