Genialidad y arquitectura

Lyzandro Herrera

Segunda y útima. En el blasón de arquitectura, “…el cerco de hojas de roble recuerda la dureza del proceso de adquisición de los conocimientos, la fuerza, la resistencia y la constancia, que caracterizarán el linaje de la arquitectura. Las hojas de laurel premian y glorifican el éxito de una profesión liberal. Ambas coronas contienen los dos símbolos peculiares de la arquitectura: el compás y la rosa.” Desde que el compás fuera inventado, se muestra abierto, como alegoría de la geometría, de la arquitectura y de la equidad. Se relaciona por su forma con la letra A, signo del principio de todas las cosas, y es la representación simbólica del poder de medir, de la producción técnica y del acto de la creación. La creación se entiende filosóficamente, en un primer sentido, como producción humana de algo a partir de una realidad preexistente, de tal forma que lo producido no se halle necesariamente en tal realidad: creación, en vez de plasmación o transformación. Este es el sentido que se da usualmente a la producción humana de bienes culturales y muy en particular a la producción o creación artística, en relación dialéctica con la noción de creación extrahumana. Finalmente, la rosa que es una flor efímera, y bella por excelencia, que se ha utilizado frecuentemente como símbolo de la perennidad del arte frente a las glorias pasajeras del mundo. El rojo cálido de la rosa corresponde a procesos vivificadores de asimilación, actividad e intensidad, es el color de la sangre, del fuego, del sufrimiento, de la sublimación de la pasión y del amor. Una señal roja, con espinas, nos advierte que la creación arquitectónica es también cosa de los sentidos vivos y ardientes. En resumen, la rosa significa la belleza, la belleza que llueve en pétalos, la belleza que sujeta el mundo y mueve las cosas, esa misma belleza que intentamos encontrar en el trabajo artístico y técnico de la arquitectura. (Agradezco a Yamila Caridad Rodríguez Gómez la realización de esta columna).