María y Ana

Amira Corrales

María fue enamorada por un galán, con él sólo duró como novia pocos meses. Se casó ilusionada, creyendo que podían construir su felicidad juntos. La luna de miel terminó cuando a los 6 meses de embarazo, la golpiza que el fulano le puso la mandó al hospital, lesionándola a ella y a la bebé. Lo dejó, ella contaba con el apoyo de sus padres, pero él regresó a pedir perdón, arrepentido y volvió con él. Nació la niña a través de una cesárea, les dieron tratamiento y de regreso a su casa matrimonial, a los 2 días del nacimiento, María recibió otra brutal paliza por no haber querido atender a su suegra que los visitaba. Lo dejó, no sin haber sufrió la brutalidad de una violencia doméstica casi naturalizada, por un lobo disfrazado de oveja, que nunca recibió un castigo por su bestial comportamiento. Ana sólo tenía 12 años y ya había padecido el abandono de su padre. Su mamá se había unido con otro tipo violento, ese que cuando tomaba alcohol –otra práctica naturalizada por hombres que no aprendieron a regular sus emociones-, le salía lo “cariñoso” con su hijastra, cuando la madre dormía. Hasta que la embarazó, la madre se dio cuenta y descargó la furia contra su hija por haberle querido quitar a su “hombre”. Ana, con el descuido de su madre, abandono de su padre y violentada sexualmente por su padrastro, fue a vivir con la abuela, quien obtuvo su tutela y de acuerdo con sus creencias religiosas, el niño debía nacer, aunque su madre, Ana, no lo quisiera y su cuerpo sólo se había desarrollado hasta los 12 años como niña. Nació el bebé, Ana lo rechazó, la abuela lo cuidó. Hasta que la abuela murió y el niño fue a parar a una casa hogar. Los responsables por la violencia hacia Ana nunca fueron llevados a la justicia. Estas historias verdaderas son una muestra más del por qué se conmemora un día internacional contra la eliminación de la violencia hacia las mujeres y las niñas los días 25 de cada noviembre.

 

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