Sal y agua

Lyzandro Herrera

Palabras más, palabras menos te voy a compartir una historia: cierto día llega un aprendiz con su maestro quejándose amargamente sobre los problemas en su casa, en su trabajo, sus deudas, sus enfermedades; solo lamentos y amargura por una vida que le parecía injusta. El maestro pacientemente  lo escuchaba atentamente sin decirle nada y cuando el joven terminó de hablar el maestro le dijo: «Ve y toma de ese gran costal un puñado de sal.” El joven regresó con la sal en la mano y ahora su instructor le dijo: «Ahora viértelo en ese vaso con agua y bébelo» Obviamente el joven se negó al principio  y a regañadientes lo bebió. » ¿A qué sabe?”, preguntó el anciano. ¡Pues horrible, saladísimo, casi me hace volver el estómago! El maestro ahora le ordenó que nuevamente fuera por otro puño de sal y que lo acompañara en un pequeño viaje sin soltar la sal en su puño. Ambos siguieron un sendero hasta que llegaron a un lago puro y cristalino. Abordaron desde la orilla una pequeña balsa dirigiéndose al centro de ese cuerpo de agua. En ese punto el maestro le dijo: «Ese puño de sal que ahora tienes en tu mano, arrójalo con toda tu fuerza al lago». Su aprendiz  obedeció tirando la sal al lago. El maestro dejó pasar unos minutos y entonces le dijo: «Ahora quiero que tomes un sorbo del agua del lago» El joven atendió y al terminar el sabio le preguntó que como le supo el agua del lago. El agua me supo, fresca, pura y sació la sed que tenía. “Pues bien -dijo el maestro- la sal son los problemas cotidianos de la vida y nos corresponde decidir ser un pequeño vaso o convertirnos internamente en un inmenso lago”. Es cuanto.